Inmaculada Concepción

Escultor | Juan Alberto Pérez Rojas
Fecha | 2018
Materiales | Terracota y telas encoladas policromadas al óleo
Dimensiones | 210 cm
Localización | Colegio San Pablo CEU (Bormujos, España)

Descripción de la Obra

Inmaculada Concepción para CEU Andalucía: tradición mariana, identidad española y excelencia escultórica

La devoción a la Inmaculada Concepción constituye uno de los capítulos más relevantes de la historia religiosa, artística y cultural de España. A lo largo de los siglos, la figura de María, concebida sin pecado original, ha inspirado algunas de las manifestaciones más elevadas del arte sacro hispano, convirtiéndose en un símbolo profundamente arraigado en la espiritualidad de numerosas generaciones. En este contexto se inscribe la presente imagen de la Inmaculada Concepción realizada por Juan Alberto Pérez Rojas para CEU Andalucía, una obra que aúna tradición iconográfica, sensibilidad contemporánea y profundo sentido devocional.

La escultura nace vinculada a una institución educativa cuya identidad encuentra en la Virgen María uno de sus principales referentes espirituales. La Inmaculada es patrona de la Asociación Católica de Propagandistas, entidad fundadora de la obra educativa del CEU, circunstancia que otorga a esta imagen un significado que trasciende lo meramente artístico para convertirse en expresión visible de un ideario basado en la formación integral de la persona y en los valores del humanismo cristiano.

Aspectos históricos de la devoción a la Inmaculada Concepción

Desde el punto de vista histórico, la devoción a la Inmaculada posee una vinculación extraordinaria con España. Mucho antes de la proclamación oficial del dogma por el papa Pío IX en 1854, la monarquía hispánica, universidades, cabildos catedralicios, órdenes religiosas y numerosas ciudades defendieron activamente la creencia en la Concepción Inmaculada de María. Diversos estudios históricos han documentado cómo España desempeñó un papel decisivo en la promoción de esta doctrina durante los siglos XVI y XVII, convirtiéndose en una de las principales impulsoras de su reconocimiento universal.

Pocas ciudades reflejan esta realidad con tanta intensidad como Sevilla. La capital hispalense desarrolló desde época barroca una auténtica cultura concepcionista que impregnó la religiosidad popular, las hermandades y las artes. En 1615 la Hermandad del Silencio realizó uno de los más célebres votos de defensa de la Inmaculada, comprometiéndose incluso a derramar su sangre en defensa de este privilegio mariano. Aquella fervorosa adhesión se extendió rápidamente por toda la ciudad, convirtiendo a Sevilla en uno de los principales centros de la espiritualidad inmaculista.

La influencia de esta devoción quedó reflejada también en el patrimonio artístico sevillano. Pintores como Bartolomé Esteban Murillo elevaron la iconografía de la Inmaculada a cotas de extraordinaria belleza, creando modelos que marcarían la representación de esta advocación durante siglos. El monumento a la Inmaculada inaugurado en la Plaza del Triunfo en 1918 constituye igualmente un testimonio de la permanente presencia de esta devoción en la memoria colectiva de Sevilla.

Arte e iconografía al servicio de la fe en un centro educativo

La obra realizada por el escultor Juan Alberto Pérez Rojas se inserta conscientemente en esa gran tradición artística. La composición responde a los cánones clásicos de la iconografía inmaculista, donde la Virgen aparece representada en actitud de elevación espiritual, transmitiendo pureza, serenidad y gracia sobrenatural. Sin embargo, lejos de reproducir modelos históricos de forma mecánica, el escultor aporta una interpretación personal caracterizada por la delicadeza de los rasgos y el equilibrio compositivo.

Especialmente destacable resulta el tratamiento del rostro. La expresión combina dulzura y recogimiento, evitando cualquier exceso sentimental para alcanzar una belleza serena y profundamente humana. La mirada, cargada de espiritualidad, invita a la contemplación y establece una conexión inmediata con el espectador, uno de los aspectos más complejos dentro de la imaginería mariana contemporánea. Ese tratamiento ciertamente naturalista se refleja también en las cabezas de ángeles de la nube, que hace las veces de escabel, y que es un recurso clásico en la iconografía mariana.

La escultura revela, asimismo, un dominio de la técnica de las telas encoladas que tuvo especial predicamento en el siglo XVIII de la mano del escultor Cristóbal Ramos, buen exponente de la tradición escultórica escultórica andaluza. Los paños se desarrollan mediante pliegues elegantes y armónicos que generan un rico juego de luces y sombras. Esta disposición aporta dinamismo a la composición sin alterar la sensación de equilibrio y elevación que caracteriza a la iconografía de la Inmaculada.

La policromía contribuye igualmente a la riqueza expresiva del conjunto. Los matices cromáticos, cuidadosamente integrados en la escultura, refuerzan la sensación de naturalidad y permiten que la imagen conserve toda su fuerza devocional sin renunciar a la excelencia artística. Se percibe en la obra una búsqueda constante de armonía entre realismo y idealización, dos principios fundamentales en la tradición de la imaginería sacra española. El empleo de una decoración barroca en la cenefa del manto y la túnica de la Virgen supone una identificación con el estilo propio de una ciudad en la que, especialmente, se le rinde culto a la Virgen María con las flores, tanto frescas como espirituales. La simbología está presente en la ornamentación para justificar el empleo de los motivos vegetales que tan exuberante y lucido resultado muestran.

Más allá de sus valores formales, esta Inmaculada representa la continuidad de una devoción que forma parte inseparable de la historia de España y, de manera muy especial, de Sevilla. La obra establece un diálogo entre pasado y presente, entre tradición e innovación, ofreciendo una representación contemporánea de una de las advocaciones marianas más universales del cristianismo.

En ella convergen la herencia artística de siglos, la profunda tradición concepcionista española y la sensibilidad de un escultor, Pérez Rojas, que entiende la imaginería religiosa como un lenguaje vivo. El resultado es una imagen destinada a perdurar no sólo por su calidad técnica, sino también por su capacidad para transmitir belleza, fe y trascendencia a quienes se acercan a contemplarla.

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