Cristo crucificado de Altasierra

Escultor | Juan Alberto Pérez Rojas
Fecha | 2020
Materiales | Madera de cedro policromada al óleo
Dimensiones | 100 cm
Localización | Colegio Altasierra (Espartinas, España)

Descripción de la Obra

El crucificado realizado por el escultor Juan Alberto Pérez Rojas para el colegio Altasierra (Espartinas, Sevilla) constituye una destacada obra de imaginería sacra contemporánea. La pieza establece un diálogo entre la tradición barroca andaluza y una sensibilidad escultórica actual.

La pieza es heredera de los modelos contrarreformistas desarrollados entre los siglos XVI y XVII por maestros de la escuela andaluza, particularmente granadina y sevillana. En este sentido, resulta inevitable relacionar la concepción del Crucificado con la tradición inaugurada por Pablo de Rojas, cuya influencia fue decisiva en la configuración del canon cristológico andaluz y su posterior desarrollo en las distintas escuelas de imaginería.

Tradición de la imaginería andaluza

La iconografía del Cristo crucificado constituye el eje central del arte sacro occidental desde finales de la Edad Media y alcanzó una extraordinaria intensidad emocional tras el Concilio de Trento. La Iglesia promovió entonces imágenes capaces de mover a la contemplación y a la piedad mediante un equilibrio entre veracidad anatómica, dignidad divina y dramatismo contenido. En Andalucía, esta evolución cristalizó en modelos de gran naturalismo espiritual, destinados no sólo a la liturgia, sino también a la meditación interior.

La obra de nuestro escultor participa de esa tradición histórica, aunque adaptada a un contexto contemporáneo y pedagógico: no se trata únicamente de una imagen cultual, sino también formativa, concebida para un entorno educativo donde la dimensión espiritual y humanística posee un papel esencial dentro del ideario del grupo Attendis, inspirado por las enseñanzas del fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

Iconografía del crucificado

Desde el punto de vista iconográfico, la imagen responde al tipo de Cristo vivo previo a la entrega de su vida en la cruz. Artísticamente, la obra destaca por la solidez de su modelado y por el equilibrio entre naturalismo e idealización. El estudio anatómico revela un conocimiento profundo de la tradición imaginera española, particularmente en la resolución de musculatura: el torso mantiene una tensión moderada y los brazos describen una apertura equilibrada que favorece una lectura armónica de la silueta. Pérez Rojas evita, intencionadamente, un hiperrealismo excesivo y desarrolla una depuración formal que acerca la pieza a la tradición clásica del crucificado andaluz, donde el dolor se expresa desde la nobleza y no desde el efectismo, subordinado éste al sentido espiritual de la obra.

La composición responde a un eje vertical dominante, compensado mediante leves desplazamientos de cadera, inclinación cefálica y flexión de piernas. Esta búsqueda de contraposto suavizado dota a la imagen de dinamismo contenido y evita la frontalidad rígida.

El paño introduce movimiento y contrapunto volumétrico, ayudando a romper la rigidez vertical del madero. Su disposición recuerda soluciones barrocas, aunque reinterpretadas con una simplificación propia del hacer del escultor que domina esta faceta con maestría.

El rostro de Cristo es concebido como el centro expresivo de la imagen. La serenidad facial, unida a la suavidad del modelado, favorece una lectura teológica basada en la redención y la entrega antes que en el sufrimiento extremo. El resultado es una imagen destinada a suscitar contemplación y recogimiento.

Talla, policromía y composición escultórica

Técnicamente, la obra manifiesta un cuidado de la talla en madera y del tratamiento de la policromía. Las carnaciones son concebidas para reforzar la espiritualidad de la pieza mediante tonalidades sobrias y matizadas, sin excesos sanguinolentos. Ello permite que la atención recaiga sobre la expresión global de la imagen y no sobre elementos anecdóticos.

Puede apreciarse también una clara voluntad de monumentalidad silenciosa. El Crucificado no pretende imponerse mediante dramatismo teatral, sino mediante presencia espiritual y equilibrio plástico. Esa contención expresiva enlaza con algunas tendencias actuales de la imaginería sacra que buscan recuperar la dimensión contemplativa frente al efectismo emocional.

Así, el Crucificado de Altasierra constituye una obra madura y coherente dentro de la escultura sacra contemporánea. Su principal valor reside en la capacidad de reinterpretar modelos clásicos de la imaginería andaluza desde un lenguaje actual, respetuoso con la tradición pero alejado de la mera repetición historicista.

Una obra concebida para favorecer la contemplación, la reflexión y la experiencia interior de quien se sitúa ante ella, manteniendo viva la tradición de la imaginería andaluza en el contexto de la escultura sacra contemporánea.

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