Divina Pastora de las Almas
Descripción de la Obra
Divina Pastora de las Almas. Una imagen de ternura maternal y profunda espiritualidad mariana
La advocación de la Divina Pastora de las Almas constituye una de las aportaciones más originales y fecundas de la espiritualidad barroca sevillana. Nacida en los primeros años del siglo XVIII, esta representación mariana ofrece una visión profundamente teológica de la Virgen como guía, protectora y cuidadora del pueblo cristiano, simbolizado mediante un rebaño de ovejas que avanza bajo su amparo.
La imagen realizada por Juan Alberto Pérez Rojas para el Convento de San Leandro de Sevilla se inserta en esta rica tradición iconográfica, reinterpretando con sensibilidad contemporánea una devoción que hunde sus raíces en la historia religiosa de Andalucía y que alcanzó una extraordinaria difusión gracias a la labor evangelizadora de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos.
Origen de una devoción mariana
El origen de la advocación se remonta a 1703, cuando el capuchino sevillano Fray Isidoro de Sevilla concibió una representación de la Virgen vestida como pastora, rodeada de ovejas y guiando amorosamente a las almas hacia Cristo. Aquella intuición espiritual fue rápidamente plasmada en pinturas y esculturas, convirtiéndose en una de las devociones marianas más características del mundo hispánico. Desde Sevilla, la devoción se extendió por Andalucía, España y numerosos territorios de América gracias al intenso apostolado de los capuchinos.
La iconografía tradicional de la Divina Pastora posee una gran riqueza simbólica. La Virgen aparece ataviada con sombrero de pastora, cayado y amplio vestido campestre, atributos que no deben interpretarse como elementos costumbristas, sino como recursos visuales destinados a expresar su misión espiritual. El rebaño representa a los fieles, mientras que el cayado simboliza la guía y protección de María sobre las almas cristianas. En numerosas representaciones históricas también aparece el Cordero Místico, imagen de Cristo, reforzando así la relación entre la Madre y el Buen Pastor.
Arte e iconografía mariana
La obra realizada por Pérez Rojas recoge fielmente estos fundamentos iconográficos, desarrollándolos mediante un lenguaje escultórico elegante y sereno. La composición transmite cercanía maternal sin renunciar a la dignidad propia de la Reina de los Cielos. La delicadeza de las facciones, la suavidad del modelado y la armonía de las proporciones contribuyen a crear una imagen destinada tanto a la contemplación artística como a la oración.
La escultura busca un equilibrio entre la tradición barroca sevillana y una sensibilidad actual que favorece la lectura clara de los valores espirituales de la advocación. La expresión del rostro, serena y acogedora, dirige la atención del espectador hacia la dimensión maternal de María, verdadero núcleo de la devoción pastoreña.
Desde el punto de vista artístico, la obra evidencia algunas de las constantes que caracterizan la producción escultórica de Juan Alberto Pérez Rojas: el estudio riguroso de la iconografía tradicional, la búsqueda de naturalidad en las expresiones, el cuidado por la anatomía y una concepción de la imaginería entendida como vehículo de belleza y evangelización. Lejos de una mera reproducción de modelos históricos, el escultor ofrece una interpretación personal que respeta la esencia de la tradición devocional sevillana.
Un legado artístico en la tradición conventual sevillana
La ubicación de la imagen en el histórico Convento de San Leandro añade además un importante valor patrimonial. Este monasterio agustino, uno de los enclaves conventuales más emblemáticos de Sevilla, conserva una larga tradición religiosa y artística que forma parte esencial de la identidad cultural de la ciudad. La presencia de la Divina Pastora en este contexto refuerza el diálogo entre patrimonio histórico, vida contemplativa y arte sacro contemporáneo.
La Divina Pastora de las Almas continúa siendo hoy una de las advocaciones marianas más queridas de Andalucía. Su mensaje conserva plena vigencia: María aparece como madre que acompaña, protege y conduce a los fieles en su camino espiritual. Esta escultura realizada para el Convento de San Leandro se convierte así en una nueva expresión de una devoción tricentenaria que sigue encontrando en el arte sacro un medio privilegiado para transmitir fe, belleza y esperanza.
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